Durante mi vida he tenido muchas amistades: algunas ya culminaron, otras siguen tan vigentes como el día en que surgieron y otras que parecían encaminadas hacia lo segundo terminaron siendo solo de paso. Lo que me gusta analizar es lo siguiente: ¿por qué surge una amistad? y ¿qué define que una amistad dure el resto de tu vida? Cuando sos niño, hacer amistades es relativamente fácil (más si lo comparamos con la vida adulta). Casi no hay un interés de por medio más que jugar y divertirse. Durante la adolescencia, en cambio, uno suele ponerse más “quisquilloso”: buscamos personas que compartan gustos similares, que sean de un círculo sociocultural parecido al nuestro; casi que buscamos almas gemelas. Empezamos a ser selectivos. Cuando uno es adulto, esa selectividad se incrementa. Ya no solo queremos jugar o hablar de nuestra música favorita: también queremos crecer profesionalmente o tenemos objetivos personales ya definidos. Desde mi punto de vista, muchas veces se pierde la búsqueda de la autenticidad de la otra persona y se elige por interés. Obviamente hay excepciones a la regla, y muchas, pero he de confesar que el 80 % de las personas que se te acerquen a partir de los 19 años probablemente tenga algún interés de por medio, alguna razón para juntarse con vos: estudiar para un examen, participar en un proyecto, acercarse a otra persona. A medida que pasa el tiempo, opino que es más difícil encontrar amistades que terminen siendo duraderas, porque la mayoría de estas relaciones empieza por un interés y muchas veces queda ahí, ya que la parte interesada cumplió su cometido. Aunque no siempre termina así: a veces nos encontramos con esa “química”, “atracción” o como quieras llamarla. Y es ahí donde uno tiene que apostar. A mis 21 años tuve una amistad bastante particular con una chica llamada Zoe. Ella estudiaba Ingeniería Industrial y yo, Ingeniería Informática. Un amigo en común nos presentó y, a partir de ahí, se fue dando una relación de amistad bastante natural, sin intenciones (académicas, económicas, etc.) de por medio. Eso me sorprendió, porque no había ni una sola cosa que nos uniera. Ella escuchaba pop; yo, rock y folk. A ella le gustaba la ciudad; a mí, el campo. Ella nunca en su vida completó un videojuego, ni mucho menos vio un anime entero; y yo… mejor me lo reservo. El tema es que, a pesar de no coincidir en muchísimas cosas, seguíamos siendo amigos. Entiéndase por amistad un acuerdo desinteresado en el que cada parte vela por el bien de la otra. Lamentablemente, a veces uno no valora lo suficiente y, por cuestiones personales, deja que la amistad se disuelva. Moraleja: valoren a sus amistades, sobre todo a las que no esperan nada a cambio. Zoe me ayudó a ser mejor estudiante, mejor amigo y mejor persona. Espero poder reencontrarte y darte ese abrazo que tanto te debía.
Con cariño, Esteban